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miércoles, abril 29, 2026

El fin de la energía barata: la seguridad energética entra en una nueva era de riesgo y resiliencia

El escenario global cambió más rápido de lo esperado y dejó una certeza incómoda: la energía ya no puede pensarse solo en términos de costo y disponibilidad. Los conflictos recientes —desde Medio Oriente hasta Europa del Este— están obligando a redefinir qué significa realmente “seguridad energética” en un mundo atravesado por tensiones geopolíticas, ataques híbridos y vulnerabilidades estructurales.

Hoy, cerca del 20% del petróleo y gas que se comercializa a nivel global circula por el Estrecho de Ormuz, un punto crítico cuya fragilidad quedó expuesta en la última escalada con Irán. La posibilidad de interrupciones abruptas en ese corredor no solo tensiona a los países importadores, sino que impacta de inmediato en precios, inflación y estabilidad económica a escala global.

Pero el problema va más allá del suministro. La infraestructura energética —refinerías, oleoductos, redes eléctricas— dejó de ser un daño colateral para convertirse en un blanco estratégico. La combinación de drones de bajo costo, ciberataques y operaciones asimétricas permite generar disrupciones millonarias con inversiones mínimas. La ecuación es clara: cada vez es más barato atacar y más caro defender.

En paralelo, la expansión de la inteligencia artificial introduce una doble dinámica. Por un lado, dispara la demanda energética a través de centros de datos y sistemas digitales cada vez más intensivos. Por otro, ofrece herramientas clave para mejorar la resiliencia: monitoreo en tiempo real, mantenimiento predictivo y respuestas automatizadas ante incidentes.

En este contexto, la seguridad energética ya no puede limitarse a garantizar acceso. El foco se traslada hacia la capacidad del sistema para resistir, adaptarse y recuperarse frente a crisis. Esto implica repensar la arquitectura energética global bajo una lógica distinta, más cercana a la gestión de riesgos que a la optimización de costos.

El nuevo paradigma exige diversificar tanto las fuentes como las rutas de abastecimiento, reduciendo la dependencia de regiones inestables. También demanda inversiones en infraestructura más robusta, diseñada no solo para ser eficiente, sino para soportar interrupciones.

A su vez, cobra centralidad la construcción de sistemas de defensa activa: protección física, ciberseguridad y tecnologías antidrones que permitan resguardar activos críticos en tiempo real. La resiliencia deja de ser un concepto abstracto para convertirse en un requisito operativo.

Otro cambio clave es la revalorización de las reservas estratégicas, que pasan de ser herramientas de estabilización de precios a funcionar como seguros frente a crisis. En paralelo, la diversificación de la matriz energética se vuelve imprescindible: renovables, nuclear e hidrocarburos deberán coexistir en un equilibrio pragmático, incluso si eso implica tensiones con los objetivos climáticos en el corto plazo.

También aparece un desafío político: reducir la volatilidad regulatoria. Las idas y vueltas en las estrategias energéticas, especialmente en economías desarrolladas, desalientan inversiones y agregan incertidumbre a sistemas que requieren planificación de largo plazo.

Del lado de la demanda, la eficiencia energética se consolida como una herramienta clave para reducir exposición a shocks externos. Consumir mejor también es una forma de defensa.

Finalmente, se impone una realidad ineludible: ningún país está completamente aislado. Incluso las economías con abundantes recursos energéticos siguen atadas a precios globales y a las disrupciones externas. La autosuficiencia ya no garantiza inmunidad.

El costo de no adaptarse es alto. La inseguridad energética se traduce en menor crecimiento, mayores costos productivos y pérdida de competitividad. En un mundo donde la energía es cada vez más un instrumento de poder, ignorar esta transformación implica quedar expuesto.

El paralelismo con las cadenas de suministro post pandemia es evidente. Así como las empresas abandonaron el modelo “justo a tiempo” para priorizar la resiliencia, el sistema energético global deberá hacer lo mismo. Aceptar un mayor costo hoy puede ser la única forma de evitar crisis mucho más caras mañana.

Fuente: Nota de opinión en Perfil/ (*) Richard Haass, presidente emérito del Council on Foreign Relations, es asesor principal de Centerview Partners, profesor distinguido de la Universidad de Nueva York y autor del boletín semanal en Substack Home & Away.
(*) Carolyn Kissane es decana asociada y profesora clínica en el Centro de Asuntos Globales de la Escuela de Estudios Profesionales de la Universidad de Nueva York y directora fundadora del Laboratorio de Energía, Clima y Sostenibilidad de la NYU. /Redacción TE.

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