La reciente modificación de la Ley de Glaciares en Argentina reactivó una discusión de fondo: cómo compatibilizar el desarrollo de actividades productivas con la preservación de ecosistemas estratégicos. En ese contexto, el especialista en glaciares Lucas Ruiz Martínez planteó reparos sobre los alcances de los cambios introducidos y advirtió sobre sus posibles implicancias en el sistema hídrico.
Según el investigador, la redacción actual de la norma abre la puerta a interpretaciones amplias. “La reforma, tal como está planteada, permite habilitar actividades como la minería en áreas glaciares o periglaciares si así lo define la autoridad provincial”, señaló. A su vez, indicó que el nuevo esquema introduce criterios vinculados a los “servicios ecosistémicos” que podrían dejar sin protección a determinados sectores.
Desde su perspectiva, este punto genera incertidumbre. “Si un ambiente es glaciar o periglaciar, por definición cumple funciones ecosistémicas. La ambigüedad del texto puede derivar en conflictos en lugar de aportar claridad normativa”, sostuvo.
Ruiz Martínez remarcó además el rol central de estos ecosistemas en la regulación del agua. Los glaciares funcionan como reservas estratégicas que alimentan ríos y cuencas, especialmente en períodos de escasas precipitaciones. En un país con más de 17.000 cuerpos de hielo distribuidos a lo largo de la cordillera, su importancia trasciende lo ambiental y se proyecta sobre el abastecimiento hídrico y las actividades económicas asociadas.
El especialista también puso el foco en los denominados glaciares de escombro, formaciones con hielo en su interior que suelen encontrarse en cabeceras de cuencas. Aunque menos visibles que los glaciares tradicionales, cumplen un papel relevante en la regulación del caudal y en el sostenimiento de ecosistemas de altura. “Muchos de estos podrían quedar en una zona gris en términos de protección”, advirtió.
En cuanto a los impactos de eventuales desarrollos productivos, Ruiz Martínez evitó generalizaciones. Señaló que los efectos dependen de cada proyecto y de las características del entorno, por lo que consideró clave el análisis caso por caso mediante estudios rigurosos.
El contexto climático agrega otra capa de complejidad. El retroceso de los glaciares, impulsado por el calentamiento global, ya es una realidad observable en distintos puntos de la cordillera. “Los glaciares están perdiendo extensión y retrayéndose hacia zonas más altas”, explicó, al tiempo que destacó que este proceso refuerza la necesidad de políticas de protección y monitoreo.
En esa línea, comparó la situación con Chile, donde —según indicó— existe un mayor nivel de seguimiento sobre estos sistemas, apoyado en exigencias ambientales estrictas para la aprobación de proyectos.
Finalmente, el especialista planteó que el desafío no pasa por oponer desarrollo y ambiente, sino por encontrar un equilibrio sostenible. “La minería puede desarrollarse en zonas donde el impacto hídrico sea bajo, pero requiere planificación y criterios claros”, afirmó.
El debate, en definitiva, no es nuevo, pero vuelve a plantearse con fuerza: cómo gestionar los recursos naturales sin comprometer las bases ambientales que los sostienen.
Fuente: Diario Jornada/Redacción TE.




